En teoría, si no nos sentimos contenidos o conectados en un vínculo, pedirle al otro que modifique su comportamiento puede parecer un buen plan. En la vida real, sin embargo, esa estrategia suele ser contraproducente: nadie puede cambiar a los demás, y esperar que el otro modifique la forma de vincularse que tiene desde siempre no suele dar resultado a largo plazo. Por otra parte, esa búsqueda del cambio externo tiende a exacerbar la tensión en la relación, provocar actitudes reactivas o malestar, y perpetuar el conflicto o la desconexión. En definitiva, puede ser la receta para una vida de rencor e indiferencia.