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Ian McEwan

  • Itzel Robleshas quoted8 months ago
    Sabía por experiencia que lo mejor que podía hacer era relajarse, distanciarse un tanto, sin dejar de permanecer atento, receptivo. Tendría que dar un largo paseo por el campo
  • Itzel Robleshas quoted8 months ago
    quizá. Las mejores ideas solían llegarle por sorpresa, al término de una caminata de treinta kilómetros
  • Itzel Robleshas quoted8 months ago
    Pero tengo a toda la redacción en mi contra; bueno, a casi toda. El edificio entero está revolucionado. Es
  • Itzel Robleshas quoted8 months ago
    mermada. Por culpa de un idiota. Cada vez veía con más claridad que se le estaba negando la posibilidad de crear su obra maestra, la culminación de toda una vida de trabajo. Aquella sinfonía habría aleccionado a su público acerca de cómo escuchar, cómo oír
  • Itzel Robleshas quoted8 months ago
    todo cuanto había escrito hasta entonces. Ahora
  • Itzel Robleshas quoted8 months ago
    Aquel martes por la mañana dispondría de muchas horas ociosas para rumiar todas las humillaciones e ironías acumuladas desde la víspera, cuando
  • Itzel Robleshas quoted8 months ago
    Su don del perfecto oído le resultó de pronto un tormento
  • Itzel Robleshas quoted8 months ago
    No era sino un sonsonete monocorde. Una
  • Rafael Ramoshas quoted2 years ago
    La temperatura, en el centro de Londres, era aquel día –11º. Once grados bajo cero. Había algo gravemente erróneo en el mundo cuya culpa no podía atribuirse a Dios ni a su ausencia. La primera desobediencia del hombre, la Caída, una figura que se desploma, un oboe, nueve notas, diez notas. Clive poseía el don del oído absoluto, y podía oír aquellas notas descendiendo desde el sol. No necesitaba ponerlas por escrito.
  • Rafael Ramoshas quoted2 years ago
    Era, pues, la segunda vez que estaban juntos. Ella, probablemente, no había cambiado. Pero él sí. En los diez años transcurridos había aprendido lo bastante como para permitir que ella le enseñara algunas cosas. Él siempre había pecado de exceso de vehemencia. Ella le enseñó el sigilo sexual, la esporádica necesidad de la calma. Quédate así, quieto, mírame, mírame de verdad. Somos una bomba de relojería. Él tenía casi treinta años (su desarrollo había sido tardío, según las pautas actuales). Cuando ella encontró un sitio donde vivir y se puso a hacer las maletas, Clive le pidió que se casara con él. Ella le besó, y le citó al oído: Se casó con ella para evitar su partida. / Hoy la tiene delante todo el santo día. Y tenía razón, porque cuando Molly se marchó él se sintió más feliz que nunca al quedarse solo, y escribió Tres cantos de otoño en menos de un mes.
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