En lugar de palabras, oí el murmullo del mar. Yo no conocía el mar, pero una vez me dieron una caracola para que lo escuchara, y allí, por debajo de la cáscara de Pávlusha, se oía un sonido muy parecido, como cuando las olas acarician la arena y susurran una canción de cuna silenciosa. O como cuando una mariposa agita las alas.