«Lacan intimidaba hasta a sus maestros», escribe Robert de Saint Jean. «Primero en todo. Bellos ojos, gravedad burlona. Marcaba, como quien no quiere la cosa, las distancias convenientes entre él y sus condiscípulos; durante el recreo, no se mezclaba nunca en nuestras persecuciones de indios. Una sola vez se vio, en disertación francesa, superado por un rival al que declaró con despego: “Claro, has ganado, ¡escribes como Madame de Sévigné!”».13