Otras veces pensaba que el Papa iba a venir al convento, iba a pedir a la madre superiora que quería hablar conmigo e imaginaba la cara de sorpresa de todas las monjas. Pero eso era solo un sueño, yo sabía bien que el Papa, como nosotras, estaba encerrado en un convento y no podía salir al mundo; así se pasaban los días y los meses y mi cabeza se fue cansando de pensar y, como me lo había pedido el padre Beltrán, poco a poco fui olvidando mi deseo de querer ser monja y también fui olvidando mi pasión por Jesús.