Asimismo, su Año Cero evoluciona en el estado de memoria de una Buenos Aires más obsesiva que cualquier otro sitio del mundo, dado que en ella se superponen la memoria nacional y la global –la memoria de los setenta y el horror de los desaparecidos, reelaborado en los procesos judiciales, luego abortados y clausurados por la amnistía, y la de los noventa, con los atentados de 1992 y