Aquel acto no era una aberración. No era un golpe improvisado por unos cuantos extremistas locos. Al contrario, resultaba lógico, inevitable. Las personas que colocaron una bomba en el lavabo de señoras del sótano de la iglesia baptista de la calle Dieciséis no eran psicópatas, sino productos normales de su ambiente, aunque aquel espectacular y violento suceso, el salvaje descuartizamiento de cuatro muchachas, hubiese roto la rutina diaria, a veces casi monótona, de la opresión racista