—Calla ya.
Ella sonríe. Es una sonrisa abierta, sincera y anhelante.
—Me encanta cuando consigo hacerte reír.
Volvemos a mirarnos. El corazón me retumba bajo el jersey. Irene se inclina ligeramente hacia mí y yo hago lo mismo. Dudamos un instante.
—No lo pienses demasiado —vuelve a susurrar.
Nuestras bocas se encuentran enseguida. Es tan alucinante como el beso del Emporio, pero esta vez es solo nuestro. Me pone la mano en la mandíbula y me besa con intensidad, y yo me quedo sin aliento y sin gravedad; la cabeza me da vueltas por sentirla así de cerca: labios, lengua y dientes, su pelo, su piel y su perfume pero, sobre todo, su misma esencia, su fuego y sus defectos, y esa determinación férrea por mejorar siempre y a toda costa.