De carácter posesivo y fríos sentimientos, la mujer del leñador trataba despóticamente a los hijos de su marido, un niño y una niña tan buenos e inteligentes, que ni siquiera sabían guardar rencor a su madrastra, por los malos tratos que ésta les daba.
Una noche, Hansel y Gretel—éste era el nombre de los niños—, oyeron la conversación que mantenían sus padres, aunque éstos se esforzaran por hablar en voz baja, para no despertarles.
—Lo mires como lo mires —decía la mujer—, no hay otra solución.
—¡Pero eso es una crueldad! —respondió el leñador.