Propuse en seguida al doctor poner en práctica nuestro proyecto. Se trataba solamente de simular mi muerte. A los ojos de los demás —le dije al doctor— debía pasar por la próxima víctima, lo cual haría que el asesino se alarmase y a mi me permitiría ir y venir tranquilamente para espiar al criminal desconocido.
Esta idea entusiasmó al tonto de Armstrong y fue todo preparado. Un emplaste de barro colocado en la frente, la cortina escarlata del cuarto de baño y los ovillos de lana de miss Brent eran los accesorios para la decoración. Nos iluminaríamos con velas y el doctor no dejaría acercarse a nadie.