Llegas hacia el final de la vida; no, no de la vida misma, sino de algo distinto: el final de cualquier posibilidad de cambio en esa vida. Se te consiente una larga pausa, el tiempo suficiente para hacerte la pregunta: ¿qué más hice mal? Pensé en una panda de críos en Trafalgar Square. Pensé en una mujer joven bailando, por una vez en su vida. Pensé en lo que no podía saber ni comprender ahora, pensé en todo lo que nunca podía saberse ni comprenderse. Pensé en la definición de la historia de Adrian. Pensé en su hijo apretando la cara contra una estantería de papel higiénico para evitarme. Pensé en una mujer que freía huevos de una forma despreocupada y chapucera, sin inquietarse cuando uno de ellos se rompió en la sartén; después en esta misma mujer, más tarde, haciendo un gesto secreto y horizontal debajo de una glicinia iluminada por el sol. Y pensé en una ola de agua que se encrespa, pasa de largo velozmente y se desvanece río arriba, perseguida por una banda de estudiantes gritando con antorchas cuyos rayos se entrecruzaban en la oscuridad.
Hay acumulación. Hay responsabilidad. Y, más allá de ellas, hay desasosiego. Un gran desasosiego.