La mesa había sido cubierta por una solemne abundancia. Sobre el mantel blanco se amontonaban espigas de trigo. Y manzanas rojas, enormes zanahorias amarillas, redondos tomates de piel estallante, chayotes de un verde líquido, piñas malignas en su salvajismo, naranjas anaranjadas y calmas, machichas* erizadas como puercoespines, pepinos que se cerraban duros sobre su propia carne acuosa, pimentones huecos y rojizos que ardían en los ojos, todo enmarañado en barbas y barbas húmedas de maíz, pelirrojas como junto a una boca. Y los granos de uva. Las más moradas de las uvas negras y que apenas podían esperar el instante de ser aplastadas. Y no les importaba por quién ser aplastadas. Los tomates eran redondos para nadie: para el aire, para el redondo aire. El sábado era de quien viniera.