Luego vino un corto y enconado forcejeo, y la abuela se ruborizó levemente, «¡zas, zas!», se acababa de desabrochar el corsé. Dio un suspiro de alivio y, sentándose en el mullido sofá, se quitó, lenta y cuidadosamente, las botas con bandas elásticas a los lados, y las colocó una al lado de la otra.