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Simonetta Agnello Hornby

Unas gotas de aceite

Memoria familiar, nostalgia de la infancia, relato autobiográfico, Unas gotas de aceite es todo esto, pero también es un retrato de la Sicilia de los años cincuenta y de una familia de la aristocracia terrateniente. El escenario: Mosè, la finca familiar, cerca de Agrigento, que todos los años acoge a los Agnello de mayo a octubre.

La autora nos habla de esos veranos pasados en Mosè, de la emoción del viaje, de los parientes y sus historias, de los campesinos, y de todos sus recuerdos de infancia y juventud que están grabados en su memoria. Entre sus recuerdos más vivos, se hallan sin duda los que giran alrededor de la comida y su preparación: el huerto, el ritual de la cocina, la elaboración de los platos, los invitados…

A través de las recetas de Chiara, hermana de Simonetta, que forman parte de la tradición familiar, de las fragancias del campo y del gusto siciliano, Simonetta construye la historia de la familia, un retrato extraordinario sobre un lugar y una tierra, Sicilia, y de todo lo que perdura aún en ella.

Incluye veintiocho recetas de Chiara Agnello.
221 printed pages
Copyright owner
Bookwire
Original publication
2016
Publication year
2016
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Quotes

  • Itzel Casaña Floreshas quoted10 hours ago
    Los ingredientes, ya pesados —y, ni que decir tiene, cada uno en su propio plato—, estaban alineados sobre la encimera de mármol, bajo la ventana que enmarcaba, como en un cuadro, la campana de la pequeña iglesia
  • Itzel Casaña Floreshas quoted10 hours ago
    Por no hablar de los olores: el de la nuez moscada rallada en la bechamel era suntuoso, los de la mejorana y el tomillo añadidos a la carne guisada, intensos y almizclados
  • Itzel Casaña Floreshas quoted14 hours ago
    En la cocina, las tareas, diferentes cada día, eran siempre interesantes, y a menudo, después de haber hecho lo que mamá me había pedido, me quedaba para aprender. Me gustaban en especial las tareas preparatorias: desplumar pollos y pichones y pasarlos por la llama para chamuscar las últimas plumas (guardaba las más bonitas para pintar y hacer máscaras); trocearlos en cuartos y extraer las vísceras, lo cual era una auténtica lección de anatomía; picar los restos de carne en la picadora de hierro fundido —pesadísima, sujeta con un tornillo de banco al borde de la mesa de mármol— para las albóndigas. Majar las especias en el mortero —eso me resultaba fácil, dada nuestra experiencia en triturar piedras— era algo que, además, sublimaba el placer del olfato. También disfrutaba deshuesando las amarene puestas en remojo para ablandarlas, picando muy fina la cebolla con la tajadera y limpiando las últimas legumbres del invierno, es decir, garbanzos, lentejas y judías; no dejaba de asombrarme la cantidad de cuerpos extraños que iban a parar al fondo de los sacos: piedrecitas, trocitos de cordel, incluso clavos pequeños.

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