Soledad Puértolas

Soledad Puértolas (Zaragoza, 1947) estudió periodismo. En Santa Bárbara en California obtiene su « Master of Arts ». En 1975, regresa a España y se instala en Pozuelo de Alarcón. De 1977 a 1981, trabaja como articulista, periodista y profesora de español y literatura. En 1985, Soledad Puértolas viaja a la India. Esta experiencia le sirve para su novela "Queda la noche" que obtiene el Premio Planeta en 1989. En 1986, publica La sombra de una noche; en 1988 publica El recorrido de los animales y Todos mienten, la primera de sus novelas que pasa enteramente en Madrid. En 1993, su ensayo titulado La vida oculta obtiene el Premio Anagrama de Ensayo. En 1997, se publica la novela Una vida inesperada. En 1998, aparece Gente que vino a mi boda, su segundo libro de relatos. En 2000, recibe el Premio NH del mejor libro de relatos 2000 con Adiós a las novias, el tercer libro de relatos de Soledad Puértolas. En 2001, el « Premio Glauka 2001 » le fue atribuido en reconocimiento a su obra literaria y su trayectoria intelectual en el dominio de la cultura. Publica Con mi madre, un texto de carácter autobiográfico. En 2003, recibe el « Premio de las Letras Aragonesas 2003. En 2005, aparece la novela Historia de un abrigo. En 2006, entra a formar parte del Patronato del Instituto Cervantes. En septiembre de 2012, publica la novela Mi amor en vano. En 2015, publicó El fin, su último libro de relatos. En 2016, publicó un relato en homenaje a Shakespeare en el libro colectivo Lunáticos, amantes y poetas. Doce historias inspiradas en Shakespeare y Cervantes.

Quotes

DobleEle Hermanzhas quoted10 months ago
Aún era muy joven y no lo sabía.
DobleEle Hermanzhas quoted10 months ago
Aunque se declara profundamente feminista, se toma a los hombres muy en serio
Marcia Ramoshas quoted5 months ago
Al día siguiente nos enteramos de que por la noche había ocurrido una catástrofe. La destilería en la que trabajaba mi padre se incendió. El edificio se vino abajo. Las llamas se veían desde este lado del Ebro, eso dijo mi padre, que acudió enseguida al lugar de los hechos. En el colegio no se habló de otra cosa. Como se sabía que mi padre estaba ligado a la fábrica, me convertí en una persona importante. En las oraciones del día, se rogó por los afectados del accidente. Había dos heridos, además de la pérdida que suponía para todos, los trabajadores y la misma empresa. Uno de los heridos murió ese mismo día. El otro sobrevivió. Eran los guardas nocturnos. Normalmente, solo había un guarda, pero aquella noche, quién sabe por qué, eran dos.

En el colegio, no le dije a nadie que el día anterior el teléfono de mi casa había sonado durante largo rato a última hora de la tarde y que nadie había acudido a descolgarlo, como si en la casa no hubiera otra persona que yo o como si todos se hubieran vuelto repentinamente sordos. Aquella llamada había sido una advertencia. Me sentí culpable por mí y por mi familia. Quizá uno de los guardas de la fábrica –el que había muerto– había detectado algún fallo en las máquinas y había querido decírselo a mi padre. Pero no había podido hablar con nadie. Me esforcé por reproducir aquel lapso de tiempo: cuánto rato sonó el teléfono, cuántos timbres escuché, qué hora era, qué grado de oscuridad reinaba ya en el exterior, al otro lado de las ventanas.

–Ayer sonó el teléfono y nadie contestó –les dije por la noche a mis padres.

Ellos aún no habían cenado. Nosotras, que al día siguiente teníamos colegio y debíamos madrugar, ya habíamos cenado en el cuarto de jugar, teníamos puestos el camisón y la bata y andábamos remoloneando a su alrededor, como hacíamos siempre al acabar el día.

Me miraron los dos, cada uno sentado en su butaca de pana marrón, con una copa de vino en la mano. Callados, tristes, deprimidos. Había habido una muerte, había ocurrido una catástrofe, la empresa quebraría, muchos empleados se quedarían en la calle, también mi padre, podría ser.

–Está lloviendo –dijo mi padre–. Eso es bueno, la lluvia se llevará las cenizas y limpiará el aire.

Me pregunté si me habían escuchado, si habían entendido mis palabras. Había mucha pena en sus ojos, mucha desolación. Miré sus manos, que sostenían las copas de vino. Se aferraban a ellas, no las soltaban.
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