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Soledad Puértolas

En el camping

El esplendor de Soledad Puértolas en su madurez: diez cuentos prodigiosos.
Dos viejas amigas a las que el tiempo ha distanciado comparten la perplejidad ante un mundo que cada vez entienden menos; una llamada que no se respondió ha marcado una vida; una anciana alojada en casa de su hija es testigo de los devaneos amorosos del portero del edificio y una criada… Son algunas de las historias que narra Soledad Puértolas en esta colección de diez espléndidos relatos.
En estas piezas breves asoman también parientes lejanos que reaparecen, un busto de Miguel Servet, un reencuentro en un camping durante un verano en Galicia, en un lugar de las Rías Baixas…
Demuestra la autora en estos textos su refinada maestría para observar y contar la vida, para ahondar en el alma humana con una liviandad solo aparente. Hay en estas páginas sutiles dosis de destilación y depuración, y una prosa que fluye con una pasmosa naturalidad. Una nueva muestra de la espléndida madurez de Soledad Puértolas y de su prodigioso manejo de la distancia corta.
108 printed pages
Original publication
2026
Publication year
2026
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Impressions

  • Marcia Ramosshared an impression5 months ago
    🙈Lost On Me

Quotes

  • Marcia Ramoshas quoted5 months ago
    Al día siguiente nos enteramos de que por la noche había ocurrido una catástrofe. La destilería en la que trabajaba mi padre se incendió. El edificio se vino abajo. Las llamas se veían desde este lado del Ebro, eso dijo mi padre, que acudió enseguida al lugar de los hechos. En el colegio no se habló de otra cosa. Como se sabía que mi padre estaba ligado a la fábrica, me convertí en una persona importante. En las oraciones del día, se rogó por los afectados del accidente. Había dos heridos, además de la pérdida que suponía para todos, los trabajadores y la misma empresa. Uno de los heridos murió ese mismo día. El otro sobrevivió. Eran los guardas nocturnos. Normalmente, solo había un guarda, pero aquella noche, quién sabe por qué, eran dos.

    En el colegio, no le dije a nadie que el día anterior el teléfono de mi casa había sonado durante largo rato a última hora de la tarde y que nadie había acudido a descolgarlo, como si en la casa no hubiera otra persona que yo o como si todos se hubieran vuelto repentinamente sordos. Aquella llamada había sido una advertencia. Me sentí culpable por mí y por mi familia. Quizá uno de los guardas de la fábrica –el que había muerto– había detectado algún fallo en las máquinas y había querido decírselo a mi padre. Pero no había podido hablar con nadie. Me esforcé por reproducir aquel lapso de tiempo: cuánto rato sonó el teléfono, cuántos timbres escuché, qué hora era, qué grado de oscuridad reinaba ya en el exterior, al otro lado de las ventanas.

    –Ayer sonó el teléfono y nadie contestó –les dije por la noche a mis padres.

    Ellos aún no habían cenado. Nosotras, que al día siguiente teníamos colegio y debíamos madrugar, ya habíamos cenado en el cuarto de jugar, teníamos puestos el camisón y la bata y andábamos remoloneando a su alrededor, como hacíamos siempre al acabar el día.

    Me miraron los dos, cada uno sentado en su butaca de pana marrón, con una copa de vino en la mano. Callados, tristes, deprimidos. Había habido una muerte, había ocurrido una catástrofe, la empresa quebraría, muchos empleados se quedarían en la calle, también mi padre, podría ser.

    –Está lloviendo –dijo mi padre–. Eso es bueno, la lluvia se llevará las cenizas y limpiará el aire.

    Me pregunté si me habían escuchado, si habían entendido mis palabras. Había mucha pena en sus ojos, mucha desolación. Miré sus manos, que sostenían las copas de vino. Se aferraban a ellas, no las soltaban.

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