Cuando Yajaira cumplió dieciséis le regalé Los Gemidos de Pablo de Rokha. Se lo había robado a un loco que no lo merecía. Yajaira nunca pudo volver atrás después de eso. Fue una especie de piedra angular de su transformación y eso era pura belleza. Desapareció la hoja de marihuana en el cuello, me acompañó por primera vez al Teatro Carrera y le grabé Pornography de The Cure en uno de los primeros cd que lograba copiar. Poco a poco toda La Jota terminó bailando a Bauhaus en la pista de baile. Sentía que ahí por fin estábamos articuladas políticamente, purrukeando en la masa organizada de la horizontalidad.